El amo del cielo
En esa mañana dieciochera era un orgullo andar con él, vencedor de incontables combates aéreos. Se lució en el cielo con sus acrobacias, mientras mi hijo y yo lo mirábamos desde el suelo. Volvió sin rasguño alguno, descendiendo con la elegancia de un cisne.
Durante el regreso a casa pasamos al mercado. Él no tuvo problema en que pusiéramos los paquetes a su lado, en la parte trasera del auto. Él debió haber demostrado su incomodidad, siquiera con un ruido, pero nada, siempre tranquilo. Debió haberlo hecho, y yo no debí haber virado tan rápido.
Solo al bajar del auto me di cuenta de la tragedia. Él, el que llegaba más alto, el indestructible en el aire, era también frágil, y los paquetes al derrumbarse lo habían destrozado. Con mi hijo guardamos un minuto de silencio y tristeza por él. Luego continuamos con las celebraciones, total... quedaba dieciocho para rato y al día siguiente compraríamos otro volantín.
Durante el regreso a casa pasamos al mercado. Él no tuvo problema en que pusiéramos los paquetes a su lado, en la parte trasera del auto. Él debió haber demostrado su incomodidad, siquiera con un ruido, pero nada, siempre tranquilo. Debió haberlo hecho, y yo no debí haber virado tan rápido.
Solo al bajar del auto me di cuenta de la tragedia. Él, el que llegaba más alto, el indestructible en el aire, era también frágil, y los paquetes al derrumbarse lo habían destrozado. Con mi hijo guardamos un minuto de silencio y tristeza por él. Luego continuamos con las celebraciones, total... quedaba dieciocho para rato y al día siguiente compraríamos otro volantín.
